A través de la teoría del crecimiento podríamos llegar a entender porque en un mundo globalizado los países pobres sencillamente, lo son. Con unos conocimientos macroeconómicos de “andar por casa”, encontraríamos el punto de equilibrio del crecimiento económico de un país, en su producción agregada, que relaciona el output producido (PIB) con las dotaciones de inpunts productivos. Todo esto se resuelve en una aparentemente sencilla función de producción: el PIB del país sería igual al compendio del estado actual de su tecnología, a su número de trabajadores, al stock de capital físico, a la cantidad de capital humano y a la cantidad de recursos naturales que posea. Por lo tanto, cuanto mayor sea la inversión pública y privada en estos factores, mayor sería su rendimiento, sin contar por supuesto, que este equilibrio no supondría un equitativo reparto de riquezas, un equilibrio económico-social o el bien amado estado de bienestar como derecho fundamental reconocido en cualquier sistema económico que se precie, al menos, desde el punto de vista formal.
Con todas éstas, tras leer pequeñas reseñas sobre la teoría del progreso técnico endógeno de Schumpeter, que a breves, viene a explicar que las diferencias entre la renta per capita y esta teoría del crecimiento, se resuelven en función de las diferentes políticas de Inversión y desarrollo del país, ya se sabe, cuanto mayor sea, mejores resultados obtendremos.
Pongamos como ejemplo particular el caso de Bolivia, país que posee los recursos naturales estrellas, petróleo y gas, que a su vez recibe –o al menos recibía- importantes inversiones en todos los factores mencionados (stock de capital físico, tecnología, etc) y que además, tiene los trabajadores necesarios para resolver la función de producción.
Según los datos dados, no solo la economía boliviana tendría que alcanzar la connotación de ideal sino que además, la población tendría que vivir muy por encima del umbral de la pobreza, por no ironizar con el estado de éxtasis que hubiera alcanzado el señor Gyni, al ver que su afamada curva se confundiría con el punto gráfico que podría marcar Bolivia, en cuanto a igualdad se refiere, en cualquier ejercicio de economía de una clase de segundo de bachiller.
Entonces, por qué en Bolivia la renta per capita no supera ni los dos mil euros anuales, por qué el salario mínimo no llega a los sesenta euros, la tasa de paro no sólo era insoportable sino pisaba el acelerador y la igualdad se convierte en desigualdad manifiesta en el resultado del ya mencionado índice de Gyni. En definitiva, por qué Bolivia decide dar un vuelco más o menos trasgresor a su política económica, e intenta desquebrajar la fórmula globalizadora, nacionalizando los hidrocarburos, intentando el reparto de tierras entre la población indígena, proyectando la recuperación de la industria maderera y minera y un largo ecétera.
De manera sencilla, sin números y apelando al sentido común, resulta que la inversión privada extranjera copaba la actividad industrial; se había adueñado de su materia prima y explotación; no ha dado trabajo a los bolivianos más que como mano de obra barata y en un número reducido; el capital físico, por supuesto, es de su propiedad, así como la tecnología. Si le sumamos que el reparto de los beneficios de explotar los motores económicos del país no se ve revertido en el mismo, sino que cotiza las cuentas en bolsa y engrosa bolsillos de los ajenos y que para colmo, la deuda nacional aumentaba y la inflación le estaba haciendo cortes de manga descarados a la población, desde los trajes de chaqueta de las reuniones de inversores de empresas como Repsol, Petrobrás o el BBVA. Parece que no hace falta decir que la función de producción falla, que la función económica de la que habla Schumpeter, hace que las corbatas aprietan demasiado y yo que soy una hortera, me gustan los rombos de lana y el cuello de pico, a no ser claro, que estemos en verano y haga calor.

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